-Buenos días, señor. Madruga usted -dijo el hombre del mostrador.
-No madrugo; trasnocho -le contesté.
El hombre siguió con su faena: colocaba en la superficie del mostrador una doble hilera de platillos. Sobre cada platillo, un tazón y una cuchara.
-¿Le sirvo la cena o el desayuno?
-Un bocadillo de lo que tenga y un café con leche.
-Tendrá que aguardar. El café no está hecho. Siéntese y descanse, parece fatigado -dijo el hombre del mostrador.

martes, 28 de febrero de 2012

Andalucía

Hoy día de Andalucía, cargada de reciente añoranza, quiero no esforzarme mucho y simplemente delego en un paisano que de seguro lo va a hacer mejor que yo.
Voilá, guten Appetit!!


SAN MIGUEL (GRANADA)
A Diego Buigas de Dalmáu


Se ven desde las barandas,
por el monte, monte, monte,
mulos y sombras de mulos
cargados de girasoles.
Sus ojos en las umbrías
se empañan de inmensa noche.
En los recodos del aire,
cruje la aurora salobre.
Un cielo de mulos blancos
cierra sus ojos de azogue
dando a la quieta penumbra
un final de corazones.
Y el agua se pone fría
para que nadie la toque.
Agua loca y descubierta
por el monte, monte, monte.
          *
San Miguel lleno de encajes
en la alcoba de su torre,
enseña sus bellos muslos,
ceñidos por los faroles.
Arcángel domesticado
en el gesto de las doce,
finge una cólera dulce
de plumas y ruiseñores.
San Miguel canta en los vidrios;
efebo de tres mil noches,
fragante de agua colonia
y lejano de las flores.
          *
El mar baila por la playa,
un poema de balcones.
Las orillas de la luna
pierden juncos, ganan voces.
Vienen manolas comiendo
semillas de girasoles,
los culos grandes y ocultos
como planetas de cobre.
Vienen altos caballeros
y damas de triste porte,
morenas por la nostalgia
de un ayer de ruiseñores.
Y el obispo de Manila,
ciego de azafrán y pobre,
dice misa con dos filos
para mujeres y hombres.
          *
San Miguel se estaba quieto
en la alcoba de su torre,
con las enaguas cuajadas
de espejitos y entredoses.
San Miguel, rey de los globos
y de los números nones,
en el primor berberisco
de gritos y miradores.


Federico García Lorca, 1928

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